
Escucho el piano de Tori Amos desde que tengo 13 años. La primera vez que la oí cantar también la vi: el video clip de Spark pasando por Vía X mientras yo estaba sola y abandonada en el Hotel Militar de Punta Arenas. Mis papás estaban arreglando los últimos vestigios de nuestra vida en la desolada República Independiente y mi hermana estaba despidiéndose de las pocas amigas que se hizo duranto los 3 años que vivímos allá, mientras que yo me encontraba pegada a la pantalla del televisor un día de Febrero hace demasiados años atrás.
Una década entera de adoración combustible a la pelirroja del piano y a su esotérica extravaganza musical, y por fin podría verla tocar en vivo. Denlo por hecho: estaba nerviosa. Muy nerviosa. Partí comprándome la entrada el mismo día en que salieron a la venta para asegurarme un lugar en primera fila. Compré varias eso sí: quería ir acompañada por gente a quién quería, amigos con quienes compartir esta pasión tan grande que es la Amos para mí. Pero también necesitaba que alguien se asegurar de que no me diera un ataque de epilepsia nerviosa antes de entrar al Teatro. Así que por ambas razones invertí en un par de tickets aún sin saber para quienes eran.
¿Estaba nerviosa? No pude comer, sólo fumar. Y sí, tampoco pude dormir muy bien y fue mi época más fecunda en la escritura. Se repitió varias veces mi antiguo sueño de volar entre las nubes con ella de la mano, y durante los meses previos al concierto en muchas ocasiones lloré con las canciones que ya llevaba más de diez años escuchando religiosamente.
¿Qué más hice ese día? No lo recuerdo muy bien. Sé que llegué temprano al Teatro y que me encontré con otros Toriphilos. Conversamos un par de cosas sobre las canciones que esperábamos escuchar, los mejores covers e improvisaciones. Sabíamos que contábamos con un show de lujo porque para venir a Chile, al igual que Aimee Mann, Tori dejó a su banda atrás y se trasladó sola con el piano, lo que nos aseguraba la maravillosa intimidad que caracterizaban sus giras previas al Choirgirl. Aprovechamos para disponer quiénes grabarían en qué momentos y nos aseguramos ciertas canciones: “Ni cagando grabo si es que toca Caught a Lite Sneeze” aclaré, porque mi favorita de todos los tiempos estaba diseñada para ser llorada de principio a fin.
Y después, no sé en qué momento, no sé cuánto se demoró, no sé cómo llegué ni quién estaba a mi lado, Tori comenzó a desgranar belleza ante mis oídos como si nunca antes la hubiera escuchado cantar, como si el tiempo le perteneciera y en su poder estuviesen las moléculas de mi consistencia. Se movió sobre el piano y se rió con nosotros, nos entonó las emblemáticas tonadas que la hicieron histórica y aquellos que habíamos reservado la primera fila callamos taciturnos ante su presencia. Creo que lloré. No lo sé muy bien: el exceso de actividad cardíaca me tenía el cerebro bloqueado y la memoria seca como una pasa. Pero por Dios sí que sentí. Una explosión interior, una energía vital, una puñalada mortal de acordes tan gruesos como mi cordón de plata, que llevaron mis huesos a reventar allá donde termina el Universo.
Después terminó. Volvió el silencio y las Isidoras a sus casas. Las coordenadas de Tori volvieron a estar frente a la pantalla de mi computador, de mi televisor, de mi radio y en mi auto, en mis caminos al metro y de vuelta, a la espera de otra década en el fin del mundo, para otro concierto que pusiera al día mi sed de ella y los recuerdos que sigue articulando con sus palabras en mi diario vivir.
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Hermosooooooo, te entiendo perfectooooo. Tori te hace explotar de emoción en cada nota que toca y canta. Qué padre que la viste y wowwwwww, me fascinó que desde Chile fueras a verla, eso sí que es genialllllll!!!!! Porque como dices, para que Tori venga a latinoamérica está muy difícillllll!!!! Saludossssss y que sigas disfrutando de tan maravillosa experiencia por siempreeeeee!!!!!