Pedir Comida
por Diego Sepúlveda
El año pasado en Pitchfork entrevistaron a Julian Casablancas. Le preguntaron que era lo que más le gustaba de Nueva York y él respondía que las posibilidades que tenía de pedir comida a domicilio hasta bien entrada la madrugada. En Inglaterra no existía eso. Para reforzar la idea citó a Woody Allen; “No es que quiera pedir comida china a las 3 a.m. pero al menos quiero tener la posibilidad de pedirla” decía el neoyorkino más famoso del mundo.
El domingo pasado mi polola me pidió un helado del Bravíssimo antes de irnos a dormir, como nos queda a pocas cuadras del departamento partimos. Yo esperaba que estuviera cerrado con tal de devolvernos sobre nuestros pasos y dejarnos caer en Burger King que estaba incluso más cerca de la casa y para el que tenía un 2×1 gracias a la promoción del metro.
Me carga el Bravíssimo, aparte de que te atienden mal te ofrecen cosas que no tienen. Mientras yo veía qué podía pedir entre el mar de plasticidades que abundan en ese lugar mi polola miraba los sabores. “Uno de tres sabores” dijo mientras se paraba a la vitrina de los helados. Al rato saludaba a un amigo de ella que trabaja ahí, el tipo le armó el barquillo, se despidieron y después vino a sentarse.
Los meseros pululaban mirando, más bien; haciendo que miraban por si alguien necesitaba algo. Intenté hacer contacto visual con alguno, pero no se dieron por enterados, finalmente alcé la mano derecha en un ademán leve y llamé a uno que sorprendentemente se llevó el dedo al pecho, apuntándose. ¿A quien más iba a llamar si no a él? Automáticamente asentí con la cabeza. Antes, cuando estábamos en el mesón pensando en llevarnos un par de conos solamente, me había ofrecido – el mismo mesero – waffles con café expreso, a mi estómago le sonó bien y convenimos en que era mejor sentarnos y preparar esos jugos gástricos para destripar esas masas. Cuando le pido los waffles el tipo me dice, “Ah, es que no me queda salsa de chocolate”. Puede que hayan sido las 11 de la noche de un día domingo, pero aún así no te puede faltar salsa de chocolate si tu local es de helados. Es como que falten barquillos o servilletas o esos colores odiosos de payaso con el que se visten todos ahí.
Con el estómago preparado para un par de jugosos dulces me levanté a la caja y pagué el helado. A la salida tuve una conversación que preferí haber no tenido:
- Tengo que decirte algo que no te va a gustar. – dijo mi polola mientras se metía una cucharada de helado a la boca.
Once de septiembre parecía en ese momento una calle en construcción, había cemento, escombros y vallas de “no cruzar” en todas partes. Dudé un momento sabiendo que efectivamente lo que sea que fuera a decirme no me iba a gustar, por lo que como una vacuna, esperaba que simplemente el pinchazo fuera veloz.
- Tiene que ver con nosotros como pareja? – Dije pensando que iba al grano.
- Cállate pasa-rollo, es otra cosa.
- Tiene que ver con el Bravissimo?
- Ajá.
- Tiene que ver con el helado que te estás tomando?
- Ajá
- Te lo regalaron cierto?
- Ajá
- Mierda. Por qué no me dijiste?
- Ya lo habías pagado.
- Pero tu estabas al lado mío. Pudiste haber dicho algo.
- Sí, pero tenía la boca con helado.
- Claro.
- Ya, no seai enojón, prueba el de banana split. – respondió finalmente mientras me apretaba los hombros para que se me soltaran.
Ni un brillo el helado en realidad, prefiero los del Emporio La Rosa, el único problema es que al parecer sus precios tienen directa relación con las acciones del cobre y suben cada vez que pueden.
- Vamos a Burger King? – pregunté
- Dale, vamos ¿Qué vas a pedir? – Aproveché la instancia para enseñar lo que había aprendido el día anterior.
- Burger King tiene una hueá bakán, está el chico, el mediano, el grande, el gigante y el deluxe. Ayer me comí un deluxe, el vaso de bebida era del porte de mi cabeza. – Contar esa historia me enorgullecía, hasta ese momento.
- Igual tu tenís la cabeza chica. – Con esa pura frase lapidó toda mi historia.
- Tú la tenís muy grande que es distinto. – Me apresuré en responder. De pronto ese sentimiento de pica, como cuando alguien contaba una historia interesante justo después de la mía, me invadía nuevamente.
- No, mentira. Tu de verdad tenís la cabeza chica. – insistió ella.
- Supongo que la sangre viaja más rápido en mi cabeza y puede hacer funcionar más rápido mi cerebro. – Esa era la mejor excusa que se me pudo ocurrir, el jab que necesitaba, pero entonces vino el KO de la noche sin siquiera darme cuenta..
- Uhmmmm, no creai. – Fin del tema.
Cuando llegamos a la entrada de Burger King que sólo 5 minutos antes estaba abierto, choqué fuertemente con la mampara. Desde dentro una cajera sonreía socarronamente haciendo un ‘no’ con su dedo índice. Me di media vuelta y miré a mi polola mientras pensaba en el Santa Isabel que está en lo Barnechea, abierto de lunes a lunes las 24 hrs del día. Entonces me asaltaron unas dudas existenciales ¿Por qué no podemos tener eso más abajo? ¿Por qué no puedo pedir comida a la casa a la hora que se me antoje, qué clase de servicio de comida rápida es este que nos trata así? ¿Por qué en Subway del metro Tobalaba sacaron el Pavo de la promo de $1000? ¿Por qué siempre que quiero lechuga en ese mismo lugar, no hay? ¿Por qué cada vez que voy a McDonald’s me como una hamburguesa más (voy en 5 al hilo) y sigo teniendo hambre? ¿Por qué en el Dominó es tan cara la mechada y ni siquiera tan rica? ¿Por qué en el Torremolinos cada vez que pido chuleta con papas fritas la chuleta es más chica y las papas vienen menos fritas que la vez anterior?
Quise llorar.
Afortunadamente las mujeres son mucho más comprensivas si uno se muestra como un animal herido que haciéndose el Rambo a prueba de balas. Sin que hiciera nada más que morderme el labio inferior y mirar al horizonte, mi polola entendió mi desesperación, me sobó el brazo y finalmente dijo: “Quedan fideos del almuerzo, yo no tengo hambre”.
True Love.
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Foto por Eleonora Aldea, http://www.flickr.com/photos/cohetes
Yo siempre pensé que tenias la cabeza chica pero no te lo decía porque te quiero