Felices Fiestas Patrias

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En septiembre, dicen, comienza la buena vida: es el mes más corto del año y asumimos de inmediato que nos queda poco para la celebración de año nuevo; el festejo de la ‘independencia’ de Chile nos reúne para sacar el canibalismo puro que llevamos dentro, el alcohólico anónimo que siempre ha existido pero que, milagrosamente, es perdonado en estas fechas, el espíritu de la china que baila cueca sabrosamente –más allá de que sepa o no-; se acerca la primavera y al fin los abuelitos podrán reírse del azar diciendo que han sobrevivido un año más.  Y yo entiendo la emoción, juro que la entiendo, pero me molesta demasiado el nacionalismo espontáneo exacerbado, la tonada nacional naciente como ácaros por la vida, el olor a asado impregnado hasta las córneas, las noticias repetidas, seguramente recicladas, sobre las picadas de carne más baratas y los pobres curaditos que, como yo, quedan botados en alguna fonda.

Y no es que me crea gringa o ande ofreciendo la patria, pero si nos ponemos estrictos, no somos tan independientes como pensamos, poderes místicos mayores de países hiper desarrollados nos envían señales invisibles de dominación. Pero eso no importa porque estamos todos embobados por el anticucho más grande, la chicha más dulce y los volantines que pululan por los cielos nublados de septiembre.

Si nos preocupáramos de verdad por nuestra patria y su construcción, estaríamos movilizándonos más y tendríamos un grupo comprometido de representantes políticos dando  soluciones reales al problema educacional en Chile, al conflicto chileno-mapuche, al posnatal, Acuerdo de Vida en Pareja, desigualdad y pobreza, sistema de salud, real alineamiento de una oposición, verdadero acompañamiento de los dichos con las acciones, etc.

Pero lo bonito es que no es necesario que nos pongamos serios; la chicha embriaga el pensamiento, adormeciendo por unas semanas los conflictos, aludiendo de manera extraña pero bastante perspicaz a la unidad nacional, al ‘ser chileno’, a la celebración del meta-relato constitucional y cuántas cosas más. Celebremos como se debe celebrar: con asado al palo o carne en la parilla, con cazuelas, empanadas, vino tinto y terremotos; dejemos de lado el sentimiento pesimista y bailemos varios pies de cueca. Eso sí, cuando la caña deje de atacarnos y no queden más sobras de los asados, pongámonos patrióticos de verdad, induzcámonos a un arranque de conciencia social y pensemos en soluciones reales para que en años próximos celebremos a una patria desarrollada, armoniosa y valorada en su justa medida.

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