No sé si me hubiese gustado tanto Babies si la hubiese visto antes de ser mamá, porque en verdad, y no sé por qué, nunca me atrajeron mucho las guaguas. A pesar de eso, ahora que tengo una estoy utterly in love, le celebro como pelotuda cada una de sus funciones corporales y hago cosas que a los ojos de mi yo-de-18 serían incomprensibles. Lo cierto es que encontré riquísimo el documental, en parte visceralmente (cómo no identificarse), y también argumental y estéticamente.
Durante la película observamos de cerca el desarrollo de cuatro guaguas: una niña en Tokio, otra en una tribu Namibia, otra en San Francisco y un niñito en Mongolia. Se retratan -sin voz en off, sin narradores que intervengan más que la perspectiva del director mediante la cámara- las diferencias, las interacciones y las similitudes de los niños, quienes se desplazan entre la hiper-urbanización japonesa hasta la vida tribal en Namibia. Se comparan los partos, los distintos niveles de medicalización de estos, los métodos de lactancia, las libertades y restricciones en la crianza. Un chupete hecho de un pedazo de grasa atravesado por un fósforo para Bayar, el niñito mongoliano; el nacimiento de Hattie, la estadounidense, donde la invaden cables y máquinas, la afición de Ponijao en Namibia por la tierra, los huesos secos y el agua corriente, la interacción de Mari con la tecnología en los reducidos espacios de Tokio.
Más allá de la conexión y el interés que uno pueda sentir como mamá chocha, pienso que el documental revela el tratamiento de la infancia en distintas culturas y eso es precisamente lo que lo hace relevante. Reflexionar sobre la crianza como un proceso ideológicamente cargado es necesario para la humanidad completa, para mejorar y hacer cada vez más integral el tratamiento y modelación de la infancia, que al fin y al cabo, nos atañe a todos.




































