“La madre impone a la hija su propio destino; ésa es su manera de reivindicar orgullosamente su propia femeneidad y también su venganza.
Simone de Beavouir-El Segundo Sexo
Esta historia comienza así: tenía cinco años y paseaba a mis muñecas desnudas y desgreñadas, las agarraba del pelo por el piso toda la casa, mi madre me miraba y me dijo una frase que aún recuerdo muy bien: “cuando seas grande vas a ser una mala madre con tus hijos”. Mi madre asimilaba que en los juegos infantiles se iban socializando los roles de género, pero nunca me enseñó en todo caso “como ser buena madre “ con mis muñecas. Mi juego favorito con ellas era imaginar grandes aventuras de piratas o ser profesora y sacarle los robots y juguetes a mi hermano. Mi madre me inspiró a leer a los 5 años, me dejó trepar por los árboles, me dejó ser socializada en los juegos masculinos de la infancia de mi hermano seis años mayor.
¿Qué tiene como epílogo esta historia? Que desde niñas nos socializamos en los roles de género en los juegos infantiles, y las representaciones internas de nuestras madres se ven volcadas en nosotras, mis padres nunca me enseñaron en mis juegos infantiles a ser madre, me exigieron ser independiente, vivir mis fantasías, ser niña a mi modo, claro está.
A los 20 años le dije a mi padre una frase demoledora: “no pienso ser una vaca reproductora, nunca voy a tener hijos”. Él, acostumbrado a mis frases grandilocuentes, se sentó en el sofá y sentenció:“la naturaleza tiene sus propios caminos, es la ley de la vida”. En esa época arrastraba el feminismo más combativo y lo entendía como verbo en nosotras mismas. Había pensado seriamente en ir a esterilizarme pero ningún médico lo haría a los 20 años. En esa época miraba a las mujeres que eran madres o querían serlo como seres socializados por el sistema, seres llamadas a repetir una y mil veces el rol de género que nos deparaba tener un útero.
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