
Rocío escribió:
Estaba sola en Santiago, en un cuarto piso de un edificio añejo. Después de ver por la televisión a Arjona en el festival -sí, es un placer oculto-, seguí con las canciones mamonas en mi mp3. Estaba medio dormida cuando empezó a temblar, y como no les tengo miedo seguí en la cama. Cuando agarró fuerza, decidí levantarme a abrir la puerta de salida de mi departamento porque se podía trabar. Sólo alcancé a llegar a la puerta de mi departamento y me quedé afirmada ahí, mientras volaban las repisas de mi dormitorio, los frascos de la cocina decidían suicidarse y el refrigerador salía a caminar. Cuando empezaron a estallar los postes, pensé: “Chucha, el fin del mundo…”, pero entre todo el ruido nunca escuchaba las trompetas del apocalipsis. Cuando todavía no moría, me empezó la sicosis: “Están tratando de entrar a robar a mi departamento. Por eso suena tanto la puerta de ingreso, por eso hay tanto ruido, están robándome”. Y antes de irme en la paranoia, dejó de terremotear. Como hija de bombero, corté el gas, la luz, me puse un pantalón, agarré el foco de emergencia y salí. Lloré 30 segundos en el hombro de una vecina con la que nunca había cruzado palabra, y pasé toda la madrugada abajo, con unos vecinos que me caían mal y mi vecina que me abrazó al llorar. Cuando amaneció pude comunicarme con mi mamá, “estaban todos bien, en la casa, los 3″. Vuelta al llanto y después al depa, a ordenar un rincón para dormir. Vi televisión como enferma, encerrada los tres días hasta que informaron que se abrían los caminos. Tomé mi pan añejo y mi queso, partí. No recuerdo haber dormido tanto en esos días como en ese bus.