A veces no estás en el clóset, sino en un gran ropero
Por Juan A. Puntové
Ok, pasó: me di cuenta que sí, me enamoré. No de RR., no de J., ni de C. ni Galán Septiembre ni ninguna letra del abecedario. Estoy enamorado hasta las patas de Dr. G., aunque realmente no tengo idea cien por ciento de cómo se siente el amor. Sí, me gusta el mino, lo encuentro entretenido y no tengo ganas de estar con nadie más. Me dan ganas de salir del clóset y presentárselo a todos. Quiero que me toque todo el tiempo, estar con él, dormir con él, acurrucarme en sus brazos cuando estoy triste. Me encanta que se proyecte y hablemos cosas a largo plazo.
El problema es que, al mismo tiempo, pienso que tengo sólo mis veintes para hacer locuras, para estar con alguien de mi edad. Aparte que Dr. G. suena perfecto porque en su perfección parece, claramente, prometedora de algo más, pero a ratos sale con cosas como si me gustaría hacer un trío.
No es que sea puritano, ni mucho menos. Un trío suena entretenidísimo, pero es como una petición que te hace un amigo con derechos, no un pololo. Y es eso lo que a ratos me confunde. Dr. G. actúa como un amigo con ventaja, mucha ventaja, pero no como un pololo. Quizás es porque no sé pololear, porque es el primer pololo oficial que tengo. Sí, he tenido múltiples pseudo algo, tortuosas relaciones eternas que se alargan más que un chicle derretido en asfalto, pero nunca un novio, con fidelidad incluída, algo nuevo para mí.
Hoy me siento una pésima persona. Hoy diría que sí a un trío, a un cuarteto, a lo que fuera.
No sé pololear, razono.
Me voy solo a tomar una Coca Light y un cigarro al café más cercano. Sin J. ni C., porque necesito pensar, y en mi acto anoréxico del día, paso de largo, sin almuerzo ni desayuno, fumando compulsivamente tratando de ser menos confuso, de ser mejor pololo, de aprender algo de las comedias románticas para ser, simplemente, feliz.



















