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Confesiones desde Narnia: No Sé Pololear

Abraham Lincoln small

A veces no estás en el clóset, sino en un gran ropero

Por Juan A. Puntové

Ok, pasó: me di cuenta que sí, me enamoré. No de RR., no de J., ni de C. ni Galán Septiembre ni ninguna letra del abecedario. Estoy enamorado hasta las patas de Dr. G., aunque realmente no tengo idea cien por ciento de cómo se siente el amor. Sí, me gusta el mino, lo encuentro entretenido y no tengo ganas de estar con nadie más. Me dan ganas de salir del clóset y presentárselo a todos. Quiero que me toque todo el tiempo, estar con él, dormir con él, acurrucarme en sus brazos cuando estoy triste. Me encanta que se proyecte y hablemos cosas a largo plazo.

El problema es que, al mismo tiempo, pienso que tengo sólo mis veintes para hacer locuras, para estar con alguien de mi edad. Aparte que Dr. G. suena perfecto porque en su perfección parece, claramente, prometedora de algo más, pero a ratos sale con cosas como si me gustaría hacer un trío.

No es que sea puritano, ni mucho menos. Un trío suena entretenidísimo, pero es como una petición que te hace un amigo con derechos, no un pololo. Y es eso lo que a ratos me confunde. Dr. G. actúa como un amigo con ventaja, mucha ventaja, pero no como un pololo. Quizás es porque no sé pololear, porque es el primer pololo oficial que tengo. Sí, he tenido múltiples pseudo algo, tortuosas relaciones eternas que se alargan más que un chicle derretido en asfalto, pero nunca un novio, con fidelidad incluída, algo nuevo para mí.

Hoy me siento una pésima persona. Hoy diría que sí a un trío, a un cuarteto, a lo que fuera.

No sé pololear, razono.

Me voy solo a tomar una Coca Light y un cigarro al café más cercano. Sin J. ni C., porque necesito pensar, y en mi acto anoréxico del día, paso de largo, sin almuerzo ni desayuno, fumando compulsivamente tratando de ser menos confuso, de ser mejor pololo, de aprender algo de las comedias románticas para ser, simplemente, feliz.

Confesiones desde Narnia: Tardes Frescas

Abraham Lincoln small

A veces no estás en el clóset, sino en un gran ropero

RR. y tarde Santiaguina. Taza de té verde, la versión lounge de Space Cowboy, y cigarrillos. Muchos. RR. bajó como 15 kilos y se ve mejor que nunca. Feliz. Su depto está tan desordenado como nunca. “¿Remodelaste?”, pregunto. Y ahí sale con la empanada: sí, remodeló su vida personal. Se consiguió un boy toy de 25 años, rubio, guapo, independiente y brasileño. El sueño del pibe.

La tarde es fresca. Para un día en que hicieron 38 grados, encuentro que es indecentemente fresca. Una falta de respeto, creo yo, y no sé qué me molesta realmente. La tarde, la frescura, o mi frescura. RR. me pregunta si sigo en la onda vegana y le digo que no, carnívoro, sólo para llevar la contra. Pregunta si quiero entrar y no, no quiero, no quiero nada. Me siento estafado, burlado, rabioso.

RR. era mi agarra amigo, mi pseudo ex, mi algo que siempre estuvo ahí. Y ahora no, no está, y no es que lo quiera, pero es que lo tuve tanto tiempo que… ¿cómo va a ser de otro? Es un razonamiento egoísta, lo sé, pero es lo que me tiene pateando revistas en mi cabeza. Y obvio, si RR. tiene todo el derecho a ser feliz sin mí, si yo lo soy con Dr. G., pero mierda, no sé. No debiera. Debería tener la decencia de ser IN-feliz.

“Es un tema de ego”, me dice J. mientras hacemos brunch en El Golf. “Tu ego está herido porque pensaste que estaría con alguien peor que tú. RR. subió la escala y ahora anda con alguien que te da mil patadas”.

Siento la brisa fresca. Mimosa, naranja y champaña y la comida. Siento ganas de golpear a J., de odiar al mundo, de ser pendejo. No importa. Como huevos Benedicto, con tocino y pimienta y tostadas francesas. Tomo café y pido panqueques con manzana y crema. Como muffins, como brownies y como, como, como hasta que J. se va porque tiene que trabajar en su agencia y yo sigo comiendo, porque tengo el día libre y finalmente, en un acto bulímico liberador, me descargo en el baño, y entre los panqueques y el tocino, se va la culpa, la rabia, la mimosa y todo, expiación y culpa y finalmente, ligero, siento realmente felicidad por RR.

Salgo a la plaza. Me siento en una banca, a la sombra. Llega la brisa. Y en la tarde fresca de Santiago, lo único que queda de la calentura del día, pienso con la cabeza calma y clara que todo, todo, se me está escapando de las manos y que, algo está mal. Que en algo me equivoqué. Y finalmente, luego de mucho cavilar, concluyo que definitivamente, las tostadas francesas fueron un tremendo y craso error.

El gran culo peludo de terminar

breakingup

Por Karen Harvey.

Terminar siempre ha sido un culo, todos lo tenemos claro y es una de esas cosas que odiamos tener que hacer, pero, ¿saben qué es peor y siempre se olvida? El después. Ese “after break-up” es lo peor. He terminado suficientes veces para recordarlo, eso sí, para saber que lo peor no es ese momento en que la cara de la otra persona se deforma mientras se da cuenta de que no tendrá otra oportunidad para pretender que quiere madurar: lo peor de lo peor es esa semana, la semana que le sigue… He ahí el verdadero tormento, the real culo peludo.

Cuando uno termina, usando desde el clásico “necesito estar solo” hasta el más elaborado “creo que queremos cosas distintas en la vida”, existe un cierto aire de solemnidad, de escuchar cada palabra, de entender que ambos lo están pasando mal al tomar esa decisión. Será la sorpresa de esa otra persona al recibir tales noticias o el respeto que siente uno por estar llevándolas. Sin embargo, hay una cierta tranquilidad en el ambiente (en la mayoría de los casos, pues mi última experiencia fue una perra psicótica, pero ése es tema de otro escrito).

Bien, esa tranquilidad se va de vacaciones con gastos pagados al día siguiente. Así es, estimado lector, porque al día siguiente es hora de tomar el peso a lo que significa terminar. Hay que cambiar el estado en Facebook, darle algún pensamiento profundo en Twitter, sacar esa frasesita del MSN que iba para él/ella y, por supuesto, avisar a los mejores amigos para tener una excusa de tomar (ésta última me gusta mucho, así que la menciono y recomiendo). Yo, al menos, intento ser respetuosa y dejar que el otro haga esto a su ritmo.

Las redes sociales son lo peor. ¿Se han puesto a pensar el culo que es haberse hecho amigo del amigo de tu ex por una de estas gracias y luego tener que rastrearlo para borrarlo porque dicho/dicha ex se ha dedicado a decir que eres un monstruo come bebés destrozador de hogares? Porque así es, para esa persona que hacía menos de un mes uno quería (quizás mínimamente a esas alturas, pero cariño al fin y al cabo).Usted, maldito bastardo, merece morir y recibir las suficientes patadas en la entrepierna para que sus ovarios terminen de testículos y/o viceversa.  También empiezan los ataques pasivo-agresivos, ¿hay algo peor que esos mensajes de mierda en los que no sale tu nombre, pero claramente son para ti? “Zorra, ¿por qué no te vas a la chucha un rato?”. Y no se puede hacer nada al respecto, porque si se procede a reclamar, la respuesta será: “Ay, si no era para ti, no todo gira alrededor tuyo”.

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Soy mujer, pedí pololeo y sobreviví.

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Cuando uno pasa en pareja muchos años y termina, todos pasan por ciertos procesos para volver a subirse al caballo o al menos pasar la pena. Con muchas mujeres la cosa va algo así: llorar, engordar tres kilos comiendo helado, llorar con la mamá, hermana o mejor amiga, tratar de salir a un par de fiestas, teñirse el pelo, llorar menos, escuchar canciones que te hagan sentir fuerte, predisponerte para la idea de salir a encontrar una nueva pareja (aunque sean hombres jengibre*) mientras ya casi ni lloras, conocer a alguien y volver a empezar. Conmigo, tras el quiebre de una relación de algo más de cinco años fue casi lo mismo SALVO por el volver a tener pareja estable. Después de todo, el haber estado desde los 15 años con la misma persona te hace pensar que quizás ya la tuviste con eso de atarte a alguien por mucho tiempo y te basta con tener a alguien con quien salir, conversar, tirar… pasarlo bien sin el compromiso de por medio. Así que comencé a salir sin muchas expectativas de nada.

De muchos tipos con los que salí, me encontré con uno realmente bueno: un gallo amable, inteligente, divertido que me ofreció su corazón, entradas a cancha VIP para Nine Inch Nails y un mundo lleno de promesas y amor. El problema: yo no quería algo serio.

Después de no verlo más, conocí a un agujero negro, uno que me chupó la vida entera, por el que me desvivía, por el que podía andar sola en un barrio julero a las 5 de la mañana sólo para verlo una hora. El karma es una huevada chistosa: con gallo amoroso no quise nada porque no estaba lista y cuando lo estuve, estaba dándole el corazón y el poto en bandeja a un hueón que sólo quería mi poto. Pero una tiene autoestima y después de que hizo y deshizo conmigo, me pegué la escurrida de que en verdad tenía que dar vuelta a la página.

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Lecturas infaltables del verano.

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Como ustedes sabrán, los medios chilenos –no diga que es internacional la cuestión porque no me interesa- son sinónimos de creatividad. Las noticias nunca parecen notas recicladas. Es poco común leer, escuchar o ver en enero y febrero noticias sobre “el lugar preferido por los chilenos para veranear” o “el bikini argentino amenaza la dignidad de la mujer chilena”; en marzo noticias sobre matrículas y patentes; septiembre sobre lo cara que está la carne y la desvalorización del volantín; diciembre reportajes sobre Meiggs y las picás más baratas para comprar regalitos y cotillón para año nuevo. Pero claro, a veces pasa.

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Feliz 2011, peeps

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Fin de año es una sucesión de hechos terribles según yo: histeria por comprar regalos;  sinfín de jingles asquerosos cantados por Lucho Jara; recuentos televisivos con “lo mejor de”; muchedumbres olorosas que amenazan con aplastarte; carretes de fin de año más caros que la chucha y, lo peor, los deseos y promesas de gente ilusa que jura que cambiando el año serán mejores personas de manera instantánea; les llegará amor, dinero y buena onda; el crecimiento será hacia arriba y no pa’ los lados y todos sus pecados serán redimidos. Súper triste despertar el primero de enero cachando que seguís siendo como el hoyo, que igual te cagaste a tu pareja y que lo único nuevo que tienes es una caña agonizante.

“Oye, y se nos fue el 2010” es la frase más dicha y cliché durante esta semana. No hay que ser demasiado avispado o tener grandes facultades matemáticas para cachar que este año ya era, pero todos jugamos a despedirnos de la mala racha –o buena si tuvo cuea’- y a pensar en quiénes queremos ser el próximo año y qué cosas queremos en la vida.

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Cocina y Maternidad

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Sucedió ayer: cuando tomaba el colectivo para tomar el bus que me llevaría a la casa de mis padres; entre las conversaciones insulsas que surgen e  incluyen temas como el clima, yla navidad, surgió el tema que siempre ha prendido chispas frente a mi posición fundamentalista: EL SABER COCINAR PARA ENCONTRAR MARIDO.

Y de una conversación en donde expuse que no me gustaba cocinar y no pretendía aprender al futuro, el colectivero me increpó diciendome que a los hombres “hay que tenerlos contentos con sus dulcecitos, su quequito, calzones rotos”, razón a la cuál le pregunté si es que él le cocinaba a su señora y el me respondió que no. Las mujeres de ahora ya no saben cocinar “pero saben otras cosas ” le rebatí.

Punto aparte y lejos de ser esta una pequeña anécdota, me surgió la reflexión que tuvimos con una amiga hace un tiempo sobre su condición de madre y su nulas ganas de ser experta cocinera: yo le decía que en nuestros primeros recuerdos estaba la madre haciendo dulces y que eso no es así ahora, pero le podría entregar otras cosas a su hija. Ok, el saber cocinar va mucho más allá del género, yo cocino y me gusta pero cuando es algo para compartir y no dentro de un mandato social de que se debe cocinar para el otro u otra como parte de una función que se trae por nacer con vagina.

Si bien la mujer es una de las grandes transmisoras de la cultura y dentro del ámbito privado la acción de cocinar o compartir los alimentos es una relación de intercambio simbólico, me deja pasmada que aún exista gente que evalúe los roles de madre y esposa por si una sabe o no hacer pan o cazuela.

Reducir el tema a un solo ámbito es reducir los diferentes ambientes, no digo que las mujeres no cocinen para los demás, sólo digo que se plantee la reflexión que a comienzos del siglo XXI aún no ha cambiado sobre todo en Latinoamérica.

Cerrando la anécdota puedo decir que cuando mi padre fue a pedir la mano de mi madre, mi abuela (grandiosa cocinera sureña) le dijo que mi mamá no sabía hacer nada, ni cocinar ni nada; al final mi padre no se enamoró de mi madre por sus dotes en la cocina, es más ,le cocinaba todo  él y debo decir que hace unos kuchen de arándano y franbuesa de puta padre. Mi madre cocinó después pero creo que yo no heredé el gusto por la cocina, proveniendo de una gran cultura culinaria como la peruana.

Así que si va a ser esposa y madre del siglo XXI …no se asuste si no sabe cocinar.

Confesiones desde Narnia: Amenazas hueonas

Abraham Lincoln small

Me ahueoné. Así de simple. Me creí invencible, fondeado, con dos minos que me aguantaban todo. Hasta que en gaydar sonó el ring de los mensajes y al abrirlo, me quedé helado: “Sé quién eres, me das asco, te voy a cagar”.

Casi me meo, conchatumadre qué voy a hacer. Empiezo a analizar. No puse foto de cara. Igual era una foto medio hot. Quizás es alguien que me ha visto desnudo. Quién puede ser, quién puede ser, quién puede ser, me obsesiona la pregunta. Alguien del colegio. De la U. Y por dentro, sólo podía pensar: justicia divina. Me lo merezco. Me juré y me creí más de la cuenta. Borré el perfil. Me bajó la paranoia. Y llamé al Sr. Galán Septiembre, quien no me contesta de hace días. Atiende y me dice que está ocupado, pero que quizás nos vemos en un par de semanas. Que quizás debamos ser solo amigos, porque necesita a alguien con quien pueda ser más abierto, con quien pueda ir a comer afuera o presentarle a sus amigos. A la porra.

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