
La corte ha fallado. Caroline Cartwright no podrá gritar cuando lo esté pasando bonito. Sí, cuando necesite gritarle a Dios que está llegando deberá o bien morder la almohada o pensar en un flácido pene, porque un juez británico le prohibió el sexo ruidoso. Los vecinos alegaban que la lujuria de Caroline competía con el volumen de su TV. Y vamos, no podemos perdernos Pelotón porque una muchacha está pidiéndole piedad a su marido. Quizás fue la envidia de las vecinas frente a tal semental. O tal vez, la envidia de los vecinos frente a esa mujer sin dolores de cabeza. O al verre, en estos tiempos nunca se sabe.
¿Acaso no recuerdan lo agradable que es gritar de placer? Digo recuerdan, porque obviamente tanto vecinos como juez parecen no haber tenido una buena cacha desde hace algún tiempo. El novio, amigo especial, pariente, desconocido o el que sea, se siente alagado cuando escuchan a su pareja gritar como si Chile le acabase de meterle un gol a Argentina. O por lo menos a mí nunca se me han quejado. En mis tiempos escolares, cuando aún saltaba al oir la palabra pene, mis compañeros auguriaban que sería chillona en la cama. Y bien sabían los cabros chicos, hasta yo me desconcentro con mis alaridos. Pero rico, ¿o no?









