Siempre que quiero hablar de Elena Varela, siento que me quedo corta. Es que siempre he deseado rendir algún tipo de homenaje a mujeres como ella, pero no por ser mujeres, sino, por ser íntegras, corajudas y porque logran decir algo: realmente decirlo. Drenan lo que sea necesario para ser oídas (¿debo decir que para una mujer y mapuche es algo un poco más complicado?).
Tal como dice en su documental, sólo agarró su cámara y se fue, había algo que tenía que mostrar y que no podía sólo quedarse en un resentimiento privado o en una conversación snob ocasional “¿qué terrible el tema de los mapuches, ¿eh?”.
Y es que llegando al bicentenario todos se han llenado la boca con el progreso, la chilenidad… después de casi 200 años, qué identidad existe… la del país que no tiene problemas con explotar y vender sus recursos, ¿quizás? La de los que sólo sacan pecho y algún garabato o chiste ante los inmigrantes peruanos o bolivianos?, tal vez. Cómo saberlo si aún somos como los niños burlándose del apellido mapuche del compañero.









