Mi abuela no piensa en marchas pacíficas y yo no creo en luchas no políticas. Ella se enoja cada vez que en las noticias salen encapuchados tirando piedras a los carabineros; yo me molesto cuando alguien se declara a-político. Mi abuela tiene miedo porque los medios se han encargado de mostrarle un mundo vil, caótico y lleno de delincuentes latentes. Cuando le digo que fui a marchar me mira dibujando en mi rostro un pasamontañas; yo la miro tratando de sacarle los miedos. Y ninguna gana al final.
Van dos meses no exactos de movilizaciones contra un sistema injusto y frío. Para ella van recién dos semanas, porque sólo hace dos semanas, no exactas también, el encapuchado del 2006 usado siempre en los noticiarios ha colmado las pantallas de todas las casas del país. Los políticos se tiran la pelota entre ellos, esquivando de manera olímpica la responsabilidad por la inacción sistemática. La Concertación se queda fuera del juego con excusas y silencios en vez de asumir que sus reformas fueron tecnocráticas y centralizadoras. Y todo eso avalado por medios comunicacionales que desvían con poco arte y sutileza la atención del foco central con sus titulares irrisorios y fotografías casi tenebrosas que encuadran al estudiante bajo el mismo concepto de pendejo caprichoso.







Nos demoramos 46 días en publicar esto y pido perdón a quienes hoy se ven ofendidos con el silencio generalizado respecto al tema. Quiero decir que no sólo es “criminal” 









